Por Mundoagro.cl el 10 diciembre, 2018

Soluciones al alcance

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soluciones

Este invierno fue uno de los más secos del último tiempo. La sequía, que comenzó en 2006, es la más larga de los últimos 120 años. La baja afluencia de lluvia causará un alto impacto en la agricultura, sobre todo en las regiones de Valparaíso, O’Higgins y El Maule. La escasez de agua en Chile es un problema con el que debemos aprender a convivir. En un reciente desayuno organizado por PMA, el Ministro de Agricultura, Antonio Walker, señaló que la disponibilidad y buen uso del recurso hídrico constituye el mayor desafío que enfrenta el sector agrícola chileno, existiendo dos grandes aristas: seguridad del riego y el Código de Aguas.

Concuerdo con lo anterior, y enfatizo en la necesidad de una acción público-privada que ataque el problema macro. La carretera hídrica es un camino. La infiltración de acuíferos, con grandes obras de riego, es otro. En este sentido, una de las acciones más relevantes es la creación de una red de grandes embalses unidos a muchos otros más pequeños; y complementariamente, emplear geomembranas para el tapado de los embalses, una solución de ingeniería que ya existe en el país.

Este año, sin duda ha habido escasez del recurso, pero nuestro principal problema es el mal aprovechamiento de las aguas que se acumulan. Los escurrimientos invernales, en años muy malos, darían para llenar una red de embalses actualmente inexistente, pudiéndose almacenar agua ya sea superficial o bajo superficie.

A nivel micro, un uso eficiente del agua requiere cuatro grandes acciones:

1 Elección de la tecnología de riego adecuada para cada predio.

2 Correcta estimación de la demanda y disponibilidad real de agua en los predios.

3 Diseño y control del riego.

4 Herramientas para minimizar la demanda de agua: variedades eficientes – portainjertos, y cubiertas.

GENÉTICA CON MENOS DEMANDA

En relación al último punto, hoy ya existen tecnologías efectivas para aplicar en Chile. No me refiero a soluciones tan vistosas como un robot que cosecha fruta–algo que se viene-, sino a cosas simples y esenciales.

Una de ellas es plantar variedades más productivas y menos demandantes de agua. Un caso es la variedad de uva Scarlotta Seedless, que usa 6.000 cm3 de agua por hectárea cada año y produce 37.000 kilos. Ello implica 162 litros por kilo, mientras que otra variedad como la Flame Seedlees necesita 5.000 cm3 para un rendimiento de sólo 17.000 kilos por hectárea, lo que arroja 294 litros por kilo. Este ejemplo demuestra que hay variedades que pueden enfrentar mejores escenarios de escasez, lo que resulta válido para muchos otros frutos. Es necesario aplicar tecnologías asociadas a la genética que permiten un mejor desarrollo, que es lo que se ha logrado con las variedades protegidas, las cuales son mucho más eficientes y productivas. Y no debiera dudarse en pagar royalties por las nuevas variedades protegidas, dados sus evidentes beneficios. Sin embargo, en la industria se observa una actitud conservadora, a diferencia de otros países como Perú que se han integrado más recientemente a la competencia y se muestran más dispuestos a incorporar este tipo de innovaciones.

CUBIERTAS Y TECHOS

Otro avance es el empleo de mallas y films plásticos con capacidad de bloquear de forma importante los efectos del viento, lluvias inesperadas y la radiación solar excesiva, disminuyendo la evapotranspiración de las plantas y, por lo tanto, bajando la demanda por agua.

El uso de esta tecnología en huertos comerciales ubicados en la zona central de Chile ha demostrado ser capaz de disminuir entre un 20% y un 25% la exigencia de suministro hídrico en una temporada completa (dependiendo de la zona y variedad), lo que genera ahorros de 1.200 m3 a 1.500 m3 de agua aproximadamente, aparte del costo energético asociado a mover esa agua. Se trata de datos corroborados por un estudio de Subsole llevado a cabo durante tres años en conjunto con el INIA, que midió la evapotraspiración dentro y fuera de las cubiertas, y los beneficios del uso de sondas de monitoreo de riego.

El costo depende de los objetivos buscados y del tipo de film y el diseño utilizado. Si el objetivo principal es proteger plantaciones ubicadas en la zona central de la lluvia, mejorar la calidad y lograr un uso más eficiente del agua y los productos fitosanitarios, se estima entonces un costo anual que va de los aproximadamente US$ 20.000 a los US$ 22.000, considerando una estructura de soporte, del film y accesorios y la mano de obra de instalación. Posteriormente, en promedio cada tres temporadas debe renovarse el plástico a un costo de US$ 10.000 a US$ 12.000, lo que significa un costo cercano a US$ 4.000 por año.

Esta tecnología puede parecer cara. Por eso considero que no es necesario techar todas las plantas. Lo recomendable es empezar con 6 o 10 hectáreas para minimizar riesgos, pensando en que esto es un seguro frente a heladas o lluvias en aquellos períodos del año en que se puede perder todo.

Si el problema no fueran las lluvias, la solución son las mallas, con lo que la inversión se reduce a US$ 10.000 a US$ 12.000 el primer año, y posteriormente la renovación puede costar US$ 4.000 a US$ 6.000 cada cuatro a cinco años; es decir, unos US$ 1.500 a US$ 2.000 anuales en promedio.

Adoptar esta decisión puede tener un importante impacto sobre las producciones, al evitar las pérdidas causadas por precipitaciones cerca de la cosecha, que pueden ser completas en variedades sensibles, mientras que en aquellas más resistentes fortalece la capacidad de viaje de la fruta y minimiza la probabilidad de problemas en destino. Por su parte, si el diseño y tipo de film tiene como objetivo mejorar las condiciones climáticas (aumento de temperatura en primavera y control de radiación en verano), en ciertas variedades se observa un incremento de la productividad por mejor raleo natural o calibres más uniformes, entre otros efectos.

Un caso bien característico es la variedad Sable (uva de mesa negra), que gracias a la aplicación de estos avances ha registrado un aumento de productividad cercano a un 20%. En la VI Región, los huertos de Sable cubiertos producen cerca de 3.500 cajas por hectárea, con 4.500 m3 de riego al año. Esto equivale a 157 litros de agua por kilo. En cambio, los huertos sin cubrir promedian 3.100 cajas por hectárea, con 5.500 m3 de agua, lo que equivale a 216 litros por kilo de fruta.

OTRAS ACCIONES COMPLEMENTARIAS

Las soluciones señaladas pueden ser combinadas con sondas de riego y portainjertos. Los primeros son dispositivos que se instalan en contacto con el suelo y tienen la capacidad de determinar el porcentaje de agua disponible a distintas profundidades, lo que permite visualizar de manera simple y dinámica si la programación de riego se ejecuta en tiempo y forma. Otro sistema altamente efectivo es el uso de tensiómetros, los cuales miden cuán retenida (tensión) está el agua en el suelo o la dificultad que tiene la planta para absorberla. Ambas tecnologías pueden ser usadas en distintos tipos de suelo si son correctamente instaladas, aunque aquellos con exceso de piedras o arcillas expansivas, donde es posible perder contacto del sensor con el suelo, pueden volver más compleja la medición.

En el caso de la vid también es factible el uso de los portainjertos. Dado que las especies viníferas son sensibles a situaciones que merman su rendimiento, como alto contenido salinos en el suelo, carbonatos y plagas como nematodos o filoxera, una acción preventiva son los injertos que utilizan como patrones otras especies más resistentes ( berlandieri, champini o rupestri, entre otras), permitiendo que la parra se fortalezca y eleve su capacidad productiva y, en muchos casos, también la calidad.

A modo de conclusión, para muchos las innovaciones pueden parecer lejanas e inalcanzables, lo que es un error. Las tecnologías están bastante más estandarizadas de lo que parecen y se encuentran al alcance de cualquier productor que esté decidido a hacer progresar su negocio. Es cuestión de buscar la solución más adecuada y tomar la decisión.

Escrita por: Juan Colombo, Vicepresidente de PMA.

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