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Director Editorial

Edición 148

La falacia de surgir de la pobreza

Un gran amigo, hoy un próspero empresario del sector gráfico y editorial, en estos días me relató su historia familiar a raíz de que sentía una contradicción muy fuerte y de cómo un sector político y de la sociedad percibía su situación actual. En su infancia, había sido muy pobre; recordaba los tiempos en que había pasado frío y hambre: frío de estar descalzo y hambre de haber comido lo justo para tener la energía necesaria para pasar el día y esperar que, después del sueño, al despertar algo fuese distinto. Su padre era obrero agrícola en los años 50 y 60. Eran tiempos de cambio para Chile, gobernaba Frei padre, y para que una familia pudiera superar semejante situación de pobreza, se requería de la ayuda del Estado a través de subsidios, sobre todo en educación, salud y vivienda.

El deseo de todo padre es que sus hijos los superen en todo sentido: en saber cómo ser felices, en lograr una mejor educación y también en su situación económica, que a su vez sea la base para generaciones futuras. Sin duda que esto requiere de un esfuerzo y compromiso individual y generacional que no siempre es comprendido. Las generaciones de los años 60 y 70 están muy marcadas por el deseo de emerger desde una situación desmejorada. Es una generación que incluso carga con el peso emocional del “deber ser”. Existe una suerte de dogma en relación a que las cosas deben necesariamente valorarse por el esfuerzo y la dedicación que costó conseguirlas. Como si se les asignara un valor que es calculado en función del sudor y lágrimas, lo que es obviamente un equívoco que va de generación en generación.

Hay un punto en común que atraviesa todas estas historias de superación: la adquisición de un mejor nivel educacional, que en definitiva, es el motor central de la movilidad social. Por eso, una de las mejores formas de distribución de riqueza es la creación un sistema educacional que incluya el nivel profesional y universitario de calidad y oportunidad para que todos los ciudadanos puedan acceder.

Vuelvo por un momento a mi amigo y a su historia de vida. Quedamos en que era hijo de un obrero con una situación muy precaria. En su adolescencia logró entrar a la Universidad de Chile para estudiar Economía, una carrera que, si lograba terminar, le permitiría un importante salto en su situación socioeconómica. Así, en los años 70 se tituló de economista y después de años de trabajar en el sector gráfico, se convirtió en un exitoso empresario del sector. Hoy es propietario de una de las imprentas más importantes de nuestro país. Sin embargo, tiene la percepción de que su nueva situación socioeconómica ha condicionado la percepción que un sector político tiene sobre él.

En retrospectiva, ve con gran satisfacción lo que ha logrado en base al esfuerzo, pero con cierto pesar. Existe un pensamiento que resulta, por lo menos, ambiguo. Como si la mirada indulgente y compasiva hacia quienes viven en la pobreza, requiriera de condenar a quienes logran salir de esa situación. Como si aquel que fue pobre hubiera traicionado ese origen. Y, por último, como si al hacerlo hiriera el orgullo de quienes creían tener la respuesta única sobre cómo lograrlo.

En los últimos años se ha debatido mucho acerca de la meritocracia. Sus críticos opinan que se utiliza la idea de mérito para destacar las excepciones a la regla y así mantener un sistema basado en el privilegio social y la desigualdad. Pero muchos de ellos apuntan sus dardos contra el enemigo equivocado. Lo que debe combatirse es justamente la desigualdad y los privilegios, mientras que las excepciones, los que logran sus objetivos a pesar de todo, deben ser celebrados. Una persona menos bajo la línea de pobreza, uno que alcanza una mejor vida, uno que hoy incluso genera trabajo a otros, aunque no baste, es siempre un motivo de orgullo y alegría.

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