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Director Editorial

Edición 149

Último llamado

Sin duda alguna que en estos últimos años Chile ha transitado por un proceso de profundos cambios que lo llevaron a una crisis institucional y política como pocas en la historia de nuestro país. Nos hemos polarizado y, según el prisma y la tendencia política con que se mire nuestra historia reciente, los procesos políticos y las políticas sociales y económicas implementadas, será difícil ponernos de acuerdo en el diagnóstico e incluso en el origen de los problemas.

En algo debemos estar de acuerdo. Sin querer catalogar el estado de las cosas tan solo como malo o bueno, oscuro o claro, suficiente o insuficiente, Chile ha llegado a un estado de desarrollo social, político y económico que es muy diferente al de hace cincuenta años, y obviamente que algunas de las medidas que se tomaron en ese entonces para llegar al punto donde nos encontramos, pueden hoy ser consideradas obsoletas, otras perfeccionables, e incluso algunas podrían ser cuidadas y por lo tanto extendidas en el tiempo. Esto que parece tan obvio, vale la pena recordarlo, puesto que una vez elegido el camino de la Convención Constitucional para resolver y escribir las bases para un marco jurídico de convivencia y de desarrollo futuro de nuestra sociedad, todos esperábamos que el proceso se realizara desde el reconocimiento de que existen distintas formas y corrientes de pensamiento y que, para que exista una aceptación transversal de los cambios, estos deben realizarse con una actitud reflexiva y generosa.

Sin embargo, existe un grupo, ciertamente mayoritario, en la Convención Constitucional que está arrasando con prepotencia y sectarismo con las minorías y se rehúsa a escuchar a sectores importantes de la derecha, de centro y de centro izquierda. Algunos podrán defenderlo, y decir que este es el juego de la democracia. Que la minoría debe acatar lo que decida la mayoría. Sin embargo, esta no es una elección de políticos, de gobierno o de diputados y senadores. Es nada menos que el proceso para escribir las reglas de convivencia que nos regirán durante los próximos cincuenta años o más, y si este proceso no se lleva a cabo desprovisto de ideologismos, egoísmos, arbitrariedades, todo lo que resulte de él será percibido como una victoria de un grupo sobre otro, haciendo de éste, un proceso ilegitimo, en el que no se sentirán representados un grupo importante de chilenos.

El tiempo se agota y estamos ante la última llamada. Tenemos en nuestras manos la oportunidad única de no excluir a un grupo importante de compatriotas repitiendo el error histórico que nos llevó a este momento. El llamado urgente es a escucharse, ser empáticos y reconocer en el otro sus legítimas convicciones para que, de una buena vez, este proceso nos represente a todos.

Director Editorial directoreditorial@mundoagro.cl

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